El anuncio de los premios en Roland Garros 2026 desató un conflicto que llevaba años latente. La bolsa de premios ascendió a 61,7 millones de euros, un aumento del 9,5% respecto a 2025. Sin embargo, los jugadores reciben apenas el 14,9% de los ingresos totales, cuando reclaman un 22% como mínimo. La comparación con otros Grand Slams es inevitable: el US Open elevó la participación de los jugadores al 20%, y el Australian Open la llevó al 16%. Roland Garros, en cambio, retrocedió.
La reacción fue inmediata. Jannik Sinner declaró: “No se trata de dinero, se trata de respeto”, mientras Aryna Sabalenka advirtió que incluso podría haber un boicot si no se atienden los reclamos. A ellos se sumaron figuras como Carlos Alcaraz, Coco Gauff, Iga Swiatek y Alexander Zverev, firmando una carta conjunta que exige cambios urgentes. El mensaje es claro: los jugadores quieren ser parte de las decisiones, no solo protagonistas en la cancha.
El reclamo va más allá del prize money. Los circuitos ATP y WTA denuncian la falta de fondos de previsión para jubilación, salud y maternidad, además de la ausencia de un plan de pensiones digno. La PTPA, asociación impulsada por Novak Djokovic, acusa a los Grand Slams de “abuso sistemático” y de despreciar el bienestar de quienes sostienen el espectáculo.
La tensión se traslada ahora a Wimbledon, que aún no anunció su escala de premios para 2026. El All England Club podría convertirse en el próximo escenario de conflicto, con el riesgo de que la protesta escale y afecte la organización del torneo más tradicional del calendario. Los jugadores saben que tienen poder: sin ellos, no hay espectáculo ni ingresos millonarios.
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El conflicto por los premios en Roland Garros no es solo económico, es un reclamo de dignidad. Los jugadores sienten que generan el espectáculo y reciben migajas frente a ingresos descomunales. Con Wimbledon en el horizonte, el tenis se acerca a un punto de inflexión: o los Grand Slams modernizan su estructura y reconocen a sus protagonistas, o el riesgo de un boicot histórico se convierte en realidad. El futuro del tenis se juega tanto en la arcilla como en las oficinas.