La escena fue más que un entrenamiento: fue un regreso simbólico. Roger Federer, campeón de 20 Grand Slams, volvió a vestirse de corto en Melbourne y se midió con el noruego Casper Ruud, número 13 del mundo. El resultado fue anecdótico —un 7-2 en el desempate—, pero el impacto fue monumental: el estadio colmado y una audiencia digital que superó los 150 mil espectadores.
Tras el partido, Federer, que está en un estado físico impoluto a sus 44 años, habló con la serenidad que lo caracteriza: “no vine a competir, vine a disfrutar y compartir con la gente. La ovación me hizo sentir como si nunca me hubiera ido”, dijo el ganador de 8 trofeos de Wimbledon. También recordó que Melbourne fue escenario de seis de sus conquistas y confesó que volver a pisar la Rod Laver Arena lo conectó con “la energía de los mejores años de mi carrera”.
El evento, parte de la “Opening Week” del Australian Open, fue gratuito y generó largas filas de fanáticos en Melbourne Park. La práctica duró apenas 45 minutos, pero bastó para que el público reviviera la sensación de ver al maestro en acción.
El triunfo sobre Ruud en un simple tiebreak fue apenas la excusa: lo que realmente quedó en evidencia es que Federer sigue siendo capaz de paralizar al mundo del deporte con su sola presencia. Retirado, pero vigente en el corazón de los fanáticos, su regreso en Australia fue un recordatorio de que hay figuras que trascienden el tiempo y que, incluso en un entrenamiento, pueden convertir el tenis en un espectáculo inolvidable.
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